¿Qué había realmente en el piso superior de los 747 de Air Canada?
Cuando Air Canada puso sus primeros Boeing 747 en servicio transatlántico en 1971, aprovechó el espacio extra detrás de la cabina, la característica "joroba" del piso superior del avión, para algo distinto a más asientos. En los vuelos entre Toronto y Europa, ese espacio se convirtió en un salón de verdad: una pared de espejos, una pista de baile despejada y música desde cintas de 8 pistas en lugar de una rocola. La tripulación trabajaba allí con vestidos de noche en vez del uniforme habitual y, según el vuelo y la tripulación, algunas azafatas bailaban con los pasajeros en lugar de limitarse a atenderlos. "Todo era tan elegante", recordó en 2004 ante el Toronto Star la ex azafata de Air Canada Heather Tregaskes. "Incluso teníamos una pared de espejos y una pista de baile, y a veces las azafatas bailaban con los clientes."
"Incluso teníamos una pared de espejos y una pista de baile, y a veces las azafatas bailaban con los clientes.", Heather Tregaskes, ex azafata de Air Canada
¿Por qué no duró?
Apenas un año. El historiador de aviación Ross Smyth cuenta, en su libro Aviation Memories: A Love Affair with Flight, que el equipo de marketing de Air Canada llegó a plantear promocionar el espacio como "Mile High Club", antes de caer en la cuenta de que la expresión ya arrastraba otra reputación. Pero el verdadero problema no era el nombre, era la economía: una pista de baile no vende un billete como lo hace un asiento. En cuanto Air Canada, y cualquier aerolínea que operara los primeros 747, hizo las cuentas de ingresos por metro cuadrado de cabina, los salones de piso superior corrieron la misma suerte en toda la industria: desmontados y sustituidos por filas de asientos con billete en pocos años.
¿Fue solo cosa de Air Canada?
No, fue la moda de toda una época. Pan Am, que operó el primer 747 desde 1970, convirtió todo su piso superior en un "restaurante en el cielo" de primera clase, con trinchado en mesa incluido. Qantas montó un salón de temática náutica que llamó Captain's Club. Air Canada, en cambio, apostó por el ambiente disco: espejos y pista de baile en vez de manteles blancos. Todos desaparecieron antes de que acabara la década, víctimas de la misma cuenta: un salón sin billete no se paga solo, y las aerolíneas estaban a punto de entrar en los años setenta marcados por la crisis del petróleo y la obsesión por el factor de ocupación, que convirtió cada metro cuadrado de cabina sin vender en un coste y no en un lujo.
¿Qué tiene que ver un capricho de aerolínea de los años setenta con la música house?
Que es un ejemplo fechado y muy claro de algo que la escena redescubre cada pocos años: la gente construirá una pista de baile en casi cualquier espacio si el ambiente lo permite, y quien pague por ese espacio acabará preguntando cuánto vale la pista por metro cuadrado. La respuesta de Air Canada, en 1971, fue: menos que un asiento. Cincuenta años después, promotores, aerolíneas y dueños de clubes siguen repitiendo el mismo experimento, con la misma tensión entre lo que hace venir a la gente (la pista) y lo que paga las facturas (el billete).



