¿Qué halló realmente el estudio?

Un equipo dirigido por C.J. Healy en The New School for Social Research, con el investigador de Johns Hopkins Albert Garcia-Romeu, hizo algo que la ciencia de las drogas suele evitar: seguir a personas dentro de ceremonias y raves reales en lugar de en un laboratorio. A lo largo de 2023 reclutaron a adultos que habían sobrevivido al maltrato infantil y que planeaban, con intención terapéutica, tomar un psicodélico, en una ceremonia de grupo o en un evento electrónico. De más de 3.500 inscritos, 85 completaron las tres encuestas: antes, dos días después y dos meses después.

Las sustancias eran las que cabe imaginar en una pista o en un círculo: psilocibina, ayahuasca, MDMA, LSD. La mayoría tomó una dosis moderada, casi todos tenían música, la mayoría bailó. Dos meses después, las cifras se habían movido con fuerza. Los síntomas de estrés postraumático, simple y complejo, cayeron, también la vergüenza, y la sensación de conexión con los demás subió, con tamaños de efecto grandes, de d = 0,73 a 1,12. El giro que nos toca de cerca: ravers y asistentes a ceremonias mejoraban por igual. La pista no era el entorno de segunda.

Las mejoras estaban todas estadísticamente en el rango alto, lo que sugiere que la gente tendió a experimentar mejoras bastante significativas, declaró el autor principal C.J. Healy a PsyPost.

¿Por qué iba a sanar algo una pista de baile?

Aquí el artículo se pone interesante para quien haya sentido una sala unirse a las cinco de la madrugada. En su modelo, la dosis predecía cuán intenso era el viaje, y la intensidad de esa experiencia predecía la mejora, pero la dosis no predecía el resultado de forma directa. En cristiano, no eran los miligramos. Era la experiencia: disolución del ego, apertura emocional y, sobre todo, communitas, ese vínculo colectivo que el ideario PLUR de los ravers nombra desde hace décadas. Los autores sostienen que raves y ceremonias comparten la misma maquinaria, la noche, una música hipnótica, un largo estado alterado compartido y una cultura de aceptación radical, y que eso es parte de lo que actúa. Ahí, escriben, hay un argumento a favor de una terapia psicodélica de grupo.

Lo que el estudio no puede decir

Las limitaciones son grandes, y los autores arrancan con ellas. No hubo grupo de control, así que no pueden probar que fuera el psicodélico, y no la multitud que arropa, la expectativa o el simple paso del tiempo, lo que produjo el cambio. El tipo de sustancia y la dosis se declararon, sin verificar. La muestra es pequeña, 85 personas, y mayoritariamente blanca. Es una asociación captada en el mundo real, no una cura demostrada en un ensayo. Léase como la intuición más vieja de la escena, la pista como lugar de reparación, que por fin se cruza con datos, con todos los asteriscos que carga la ciencia honesta.